El portal de nuestra casa

Cuando vuelvo por la casa de mis padres este recuerdo vuelve a mí. Aquellos primeros años, en la adolescencia, de amorios con ese chico que me acompañaba y se sentaba a mi lado en uno de los escalones del patio de mi casa. El mismo patio que hoy me recibe cuando vuelvo a la casa de mis padres.
Fueron años de inocencia y felicidad. Hubo llantos y tristezas que no tienen el peso de los de hoy. Mi padre de niña me decía que más valia que llorara yo y no él. Lo decía cuando me negaba algo que yo insistentemente le pedía.
Este bajorelieve, sencillo, para mí es magnífico pues me transporta al pasado. Sigue allí testigo de abrazos furtivos y arrumacos de niños. Inocencia que no debe romperse y que ella sola va haciendo descubrimientos en igualdad. Nos cogiamos de la mano de forma furtiva y abrazabamos nuestros cuerpos en el baile lento. Eran otros años, no eramos precoces y sin embargo a todo llegamos.
Fue un noviazgo de los de antes. No recuerdo cuales fueron las razones o porques para que lo dejaramos. Al paso de los años y sin vernos se de él y su familia y mi deseo es de que les vaya bien, no hay rencores ni malos pensamientos. Fue ella que alejo de mí al amigo que quedaba, lo sentí pero comprendí que eran ellos y no yo quienes lo querían así.
Marché de la ciudad y allí quedaron amigos y amigas que han ido creciendo en sus vidas. Casualmente en la calle los encuentro y me explican de uno u otro acontecimiento. Ya tienen los hijos crecidos, terminando estudios e incluso hay a quien han hecho abuela. De todos ellos soy la única que quedó soltera. Fui haciendo realidad mis sueños de libertad y autonomía. Conocí el mundo a través de las personas, así lo quería. Día a día redescubro un mundo que me queda cerca.

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